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Alfonso Marzal Reynolds: “Vivir juntos implica mayor posibilidad de transmisión de patógenos”

Alfonso Marzal y Sergio MagallanesLos investigadores Alfonso Marzal y Sergio Magallanes estudian la importancia de la glándula uropigial presente en las aves. Esta glándula las protege de parásitos y bacterias y, además, influye en su reproducción según en el hábitat en el que se encuentren.

Los biólogos de la Universidad de Extremadura han llevado a cabo un estudio, junto a la Universidad de Sevilla y la Universidad París Orsay en Francia, sobre la glándula uropigial y su doble función. La glándula uropigial es una glándula exocrina que produce secreciones con propiedades utilizadas como barrera defensiva en la piel y el plumaje. Dicho de otra manera, protege al ave ante la posible transmisión de enfermedades, y además de ello, también influye en su reproducción. 

Mediante un estudio realizado en un total de 28 colonias de golondrinas de tres lugares de España (Sesera, en Olivenza y en dos fincas en Sevilla), los investigadores han observado que el tamaño de la glándula varía en función del entorno en el que vive el ave.  

Cuando vive rodeado de más aves y existe competencia, la presencia de esos compañeros implica que hay más bacterias y parásitos, así que la posibilidad de transmisión de patógenos aumenta. Para reducir la probabilidad de infección, los animales han desarrollado una amplia gama de mecanismos defensivos frente microorganismos y la glándula es uno de estos. Aumenta su tamaño y por lo tanto la propiedad antibacteriana de la glándula es más efectiva. “Hemos comprobado que influye positivamente en la reproducción: aquellas aves que tienen glándulas más grandes ponen más huevos, esos huevos eclosionan más y los pollos que nacen llegan a adultos con más facilidad”, explican Alfonso Marzal y Sergio Magallanes.

Aunque su desarrollo no siempre le supone un beneficio. Cuando el ave vive rodeada de un número inferior de individuos, el hecho de tener una glándula del mismo tamaño no le proporciona ninguna ventaja. No existe la misma presencia de patógenos y esas secreciones no funcionan como mecanismo defensivo. Lo que sucede es que desarrollar la glándula supone mucho esfuerzo y coste para el ave, por lo que disminuye su éxito reproductor, ya que no le quedan energía y nutrientes necesarios para llevarla a cabo de forma exitosa. Los investigadores han observado que el resultado reproductor es mucho peor: menor número de huevos puesto, posibilidad de eclosión más baja y la mayoría de los pollos que nacen no consiguen volar.

“Si no existe peligro, dedicar energía y recursos para desarrollar armas cuando no las vas a utilizar, es un desperdicio”, apunta Alfonso Marzal. 

¿Desarrollamos mecanismos defensivos?

Los humanos cambiamos y evolucionamos. Este cambio global que se ha dado a lo largo de la historia supone que podemos contagiarnos con más facilidad porque cada vez somos más y vivimos más juntos. Las grandes urbes, la masificación de gente, las condiciones insalubres alrededor de las ciudades, etc. favorecen la transmisión y la proliferación de enfermedades ya que la presencia de bacterias y parásitos aumenta. 

En el siglo XX, hubo grandes adelantos en sanidad, alimentación e incluso se desarrollaron vacunas, pero que disminuyese la mortalidad por estos motivos hizo que la población haya crecido exponencialmente y las ciudades se han convertido en un centro perfecto de cultivo. Entonces, al igual que los animales desarrollan mecanismos defensivos ¿nosotros también lo hacemos? “Quizás no tengamos tiempo para defendernos frente a estas amenazas”, advierten ambos investigadores de la UEx. “Debemos desarrollar medicamentos y vacunas frente a lo que se nos viene encima”.

 

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